Veinticuatro horas se habían esfumado, acompañadas de dolor y remordimiento.
Lo había estado llamando y tratando de localizar durante todo el día, literalmente. Odiaba decirlo pero esta vez, como raramente sucedía, estaba arrepentida.
Los chicos también me ayudaban a buscarlo; pero no había forma, Harry no mostraba señales de vida.
Probablemente él se encontraba más dolido que yo. Nunca, en todo este tiempo que llevábamos juntos, lo había escuchado así; porque siendo sincera, solíamos discutir, pero no de esa manera. Y como si fuera poco, aquel era el día de mi operación. Después de todo lo que los dos anhelábamos que volviera a ver…, no me creía capaz de someterme a una cosa de esa magnitud sin su presencia.
Hubiese querido decir que esta situación no era distinta, que tenía la intuición de que volvería. Pero no era verdad.
Me levanté resignada de la cama, llevaba horas intentando dormir sin ningún resultado. Liam, Zayn, Niall, Louis y mis familiares esperaban en el jardín de la mansión.
Les regalé mi mejor sonrisa –dentro de lo posible– y me acerqué a ellos.
Esther: ¿Cómo estás hoy, cariño? –inquirió cariñosamente mi madre-
Yo: Bien…, creo –musité lanzando un leve suspiro-
Louis: No te preocupes, regresará –me abrazó-
Zayn: Harry no se perdería una cosa así por nada en el mundo –agregó seguro- Vamos, la operación es en un par de horas.
Mario: ¿Estás lista?
Yo: Sí, vamos.
Subimos a la gran camioneta y esta emprendió viaje.
Juntos trataban de distraerme, pero parecían aún más nerviosos que yo. Y en ese momento, llegaron mis dudas. ¿Qué pasaba si salía mal? No tenía idea de lo que pudiera suceder. ¿Acaso perdería mis ojos? Se lo fui a preguntar a mi madre, pero de un segundo al otro el vehículo se detuvo llevándose con el viento mi pregunta.
Entré a través de las puertas de aquel hospital otra vez. Ya me estaba acostumbrando a ir, y eso no me gustaba.
Nos sentamos en los mismos lugares que dos días atrás y aguardamos la llamada del doctor Hyllard.
Teníamos casi prohibido hablar, por lo que podíamos oír llantos y gritos de impotencia proviniendo desde el interior de varias habitaciones.
Entonces agradecí que no me hallara en ninguna de esas horrorosas situaciones y me di cuenta de la suerte que había tenido al sobrevivir al accidente en el avión hacia ya unos años.
El doctor al fin pronunció mi nombre, me aproximé a él y anunció que ya era hora. Desde ese instante en adelante las cosas se pusieron complicadas.
Mi corazón latía a la velocidad de la luz. Estaba acostada sobre la camilla de una habitación, sin tener ni la mínima idea de lo que pudiese llegar a pasar luego. Sabía que me encontraba en algo sumamente peligroso.
Todos los chicos me desearon suerte, pero nada era lo mismo sin él.
Respiré una bocanada de aire y no pude evitar el llanto. Lágrimas cayeron desde mis mejillas hacia el suelo. Me sentía débil.
Pero por esas cosas de la vida que nunca lograré comprender, su mano tomó la mía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario