En Londres...
Zayn: Vamos, es solo una cita –le insistió por décima vez-
Harry: No quiero conocer a nadie. De verdad que no. Lo único que quiero es estar con ella –suspiró-
Zayn: Amigo ella ya no está, la has buscado por todo el continente y no has conseguido nada.
Harry: Aún me falta buscarla por más de la mitad del mundo –sonrió- Y no pararé hasta encontrarla.
Zayn: Harry de verdad … ¿Cuándo la dejarás de amar? –se frotó los ojos-
Harry: Cuando las estrellas dejen de brillar. Ese es el día en que la dejaré de amar –musitó convencido-
Zayn: ¡Es solo una cita! Hazlo por mí, por favor –suplicó con una de esas caras de perrito abandonado-
Harry: Ahhh…Bien, lo haré –torció su rostro- ¿Cuándo será?
Zayn: Ella cree que la pasarás a buscar mañana por la noche. No sabes lo buena que está–le guiñó un ojo-
Harry: ¿La has probado? –dijo con una carcajada-
Zayn: Muy gracioso. Y no, no la he probado, te guardo lo mejor para ti –le golpeó el hombro
El chico se recostó en su cama y esta vez la rutina no cambió. Se colocó los auriculares y le dio comienzo a su lista de reproducción, llena de canciones tristes. Luego tocó su guitarra y se quedó dormido bajo ella.
Volviendo a Madrid:
Xxx: Hola linda –me dio un beso en la mejilla-
Me pregunto como sabía si era linda o fea, me refiero a que el tampoco podía ver. Lo había conocido en el instituto especial y me caía genial. Teníamos una muy buena relación.
Yo: ¿Cómo estas hoy Dyl?
Dylan: Muy bien, listo para trabajar con la alumna más inteligente –dijo chistoso y a la vez con sarcasmo-
Yo: Sí claro…
Pronuncié al mismo tiempo en que mi perro nos guiaba a los asientos del salón.
Dylan: Oye, me preguntaba si quieres ir al cine por la noche –inquirió nervioso-
Edward comenzó a ladrar como un chiflado, no paraba de gruñirle a Dylan. Lo saqué y este por fin se calló.
No supe donde meterme. No se porque me sentí así, culpable, como si estuviera traicionando a Harry. Pero, ¿por qué aún pensaba en él?
Yo: Claro. Sería muy divertido –concluí-
Pude percibir su sorpresa y eso me dio ternura.
Dylan: ¡Sí! Digo… está bien, te recogeré a las nueve.
Yo: Perfecto –el sonido de la puerta al abrirse me calló-
Profesora: Buenos días chicos, hoy estudiaremos la Segunda Guerra Mundial.
Las horas de clase se pasaron lento, como siempre. Dylan era muy gracioso; cuando me encontraba mal o comenzaba a acordarme de él, me distraía con sus chistes malos y sus bromas. Además de eso era un muy buen bailarín, solía ser su pareja en las clases de baile. Y para ser sincera, tenía muy buenas expectativas para hoy por la noche; tenía la esperanza de que el podría hacerme sacarme a Harry de la cabeza.
Cuando llegué a casa, con ayuda de mi madre, elegí el conjunto de ropa que me pondría. Esta sería mi segunda cita –la primera había sido en aquel parque con Harry y dudaba que esta fuera mejor–. Me puse un perfume delicioso, cosa que nunca faltaba en mí.
Más tarde tocaron la puerta y pude escuchar la varonil voz de Dylan que se hacia presente desde la planta baja.
Dylan: Hola señora Esther –le dedicó una cálida sonrisa-
Esther: Dylan, pasa. ¿Cómo estas? –musitó invitándolo a entrar-
Dylan: Muy bien, ansioso por llevar a su hija a ver un peliculón.
Esther: No tengo ni la más mínima duda de que será una noche magnífica –lo animó y este se sintió seguro-
El chico iba a decirle algo más pero de pronto sintieron los pasos de Elisa que venía por la escalera.
Elisa: Bueno Dylan, llegó la princesa –dijo en forma tierna- Un placer volverte a ver.
Dylan: El placer fue mío señora –se dio la vuelta - Estás preciosa… -suspiró-
Yo: ¿Cómo lo sabes si no puedes verme? –enarqué una ceja-
Dylan: Lo sé porque no soy bobo.
Luego salimos cogidos de la mano hasta subirnos a un taxi que nos esperaba en frente de casa. Su mano no me hacia sentir nada comparado con lo que experimentaba cuando los dedos de Harry y los míos se entrelazaban; pensar en eso me dio melancolía pero lo olvide cuando su incomparable aroma entró por mis fosas nasales y como una boba no pude evitar pensar en voz alta.
Yo: Mmm… Hueles bien –susurré-
El reprimió una risita y, algo incómodo, me agradeció el cumplido.
Calculo que pasados los diez minutos desde que me senté en ese cómodo asiento, llegamos al cine. Dylan salió disparado apenas bajamos y me abrió la puerta del coche.
Para el era tan fácil, quiero decir, llevaba su ceguera como si fuera lo más natural del mundo; y eso me encantaba. Ir a ver, o mejor dicho escuchar una película con el, era grandioso, que estemos ciegos no impedía que pudiéramos ir al cine.
Yo: ¿Qué película escucharemos? –pregunté ansiosa-
Que bonito me ha hecho llorar pero pobres!!!! Mencanta
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